Me entero de las últimas bravuconadas del presidente Chávez pero ya no me causan estupor. No se trata de que la costumbre haya hecho algún efecto que adormile mi capacidad de asombro. Tampoco es que se haya convertido en parte del paisaje toda su banal palabrería. Es que luego de nueve años de verlo, uno va comprendiendo cada uno de sus pasos.
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